MOISÉS: Partida para su misión, milagro tras milagro.

MOISÉS: Partida para su misión, milagro tras milagro.

(II)

 

Comienzo de los enfrentamientos con el Faraón y las primeras pruebas

Vencida la obstinación de Moisés, Dios le ordena que lleve su cayado, pues “con él harás los prodigios” (Ex 4, 17). Con la sagrada responsabilidad de misión tan grandiosa y la fuerza que le venía del propio Dios, Moisés obedece y regresa a Egipto a cumplir su cometido. Tenía 80 años. Pide permiso a su suegro para partir, pero no le explica el motivo principal, porque no siendo hebreos, tanto él como su esposa, no lo hubiera comprendido, no conocían al verdadero Dios, Yahvé. Su suegro aprueba la partida con un “parte en paz”. Tomó a su mujer y su hijo, y llevando en sus manos, “el cayado de Dios”, partió.

El acompañamiento de Dios a Moisés continuará, pues su “elegido” dentro poco comenzará sus luchas y sus pruebas. En el camino hacia Egipto le dice que considere “los portentos que he puesto en tu poder, realízalos ante el Faraón”. (Ex 4, 21). Tendrá Moisés que enfrentar al Faraón diciéndole, de parte de Yahvé, que si rehúsa dejar partir a Israel -que llama con cariño de “mi primogénito”, pueblo elegido entre todas las naciones-, “mataré a tu hijo, tu primogénito” (Ex 4, 23). Amenaza que se concretiza en la última plaga.

El propio Yahvé dice a Aarón, que vaya al encuentro de Moisés. Se reúnen en el “monte de Dios”. Le da a conocer a su hermano Aarón la misión que le fuera encomendada y los prodigios que le había mandado a hacer el propio Dios. Prosiguen su camino en el desierto y se reúnen con los ancianos de Israel. Aarón se refirió a todo lo que había dicho Dios a Moisés y este hizo los prodigios a los ojos del pueblo, el pueblo creyó, y al ver que Yahvé había atendido su aflicción, “postrándose, le adoraron” (Ex 4, 31).

Se presentaron finalmente Moisés y Aarón al Faraón diciéndole: “He aquí lo que dice Yahvé, Dios de Israel: Deja ir a mi pueblo para que celebren fiesta en el desierto. Pero el Faraón respondió: ¿Y quién es Yahvé para que yo le obedezca? … No conozco a Yahvé y no dejaré ir a Israel”. (Ex. 5, 1-2). Sorprendido por el pedido no se considera obligado a seguir las órdenes del Dios de los hebreos.

La consecuencia de esta petición dio lugar a que, aquel mismo día, el Faraón ordena recrudecer los trabajos sobre los israelitas, negándoles material (paja) para fabricar los ladrillos de adobe. Como no podría dejar de ser, los escribas de Israel, angustiados, se volvieron sobre Moisés y Aarón, “vosotros has sido causa de que el Faraón no pueda vernos”.

Es el “río chino” que va recorriendo Moisés, ahora con su hermano Aarón, hasta lograr liberar a su pueblo de la opresión. Pruebas de confianza, dificultades, abandonos, y la llegada del consejo del Señor. Ante esto, no le quedaba otra alternativa que pedir auxilio: “Señor, ¿por qué castigas a este tu pueblo? ¿Para qué me has enviado? ¿Tú no haces nada para librarle?” (Ex. 5, 22-23). Palabras que pueden parecer una queja, pero se trata de una oración en forma de preguntas. No de rebelión o indignación, en el decir de San Agustín, “sino de búsqueda y oración”.

Dios le promete resolver la situación, “ahora verás lo que voy a hacer al faraón. Con mano fuerte los dejará ir, con mano fuerte los echará él mismo de su tierra” (Ex 6, 1). En esta nueva manifestación, Yahvé le dice que “ha escuchado los gemidos” de su pueblo, “me he acordado de mi alianza”, “que os libraré de la servidumbre egipcia”, “os introduciré en la tierra que juré dar”. Pero, tras las palabras de Moisés a los hijos de Israel, “ellos no le escucharon por lo angustioso de su dura servidumbre” (Ex. 6, 5-9). Es así, que después de la primera repulsa del Faraón, Moisés recibe nueva orden de presentarse ante él.

Dios les exigía, tanto a Moisés como a su pueblo, fe en su palabra en medio de las dificultades que se oponían a su realización. Era el preludio de otros y no pequeños obstáculos que enfrentarían en el camino rumbo a la tierra prometida.

 

Los portentosos prodigios obrados por Moisés

 Ante la objeción de Moisés, de que era “un incircunciso de labios”, Dios le dice: “tú le repetirás a él cuanto yo te mande, y Aarón, tu hermano, hablará al faraón” (Ex 7, 2). Le promete que multiplicará sus señales y portentos en la tierra de Egipto. Y, como el Faraón no los escuchará, sacaré a mi pueblo, “por medio de grandes castigos” (Ex 7, 4).

Los momentos de indecisión ante su llamado, se transforman ahora en momentos de batalla, de enfrentamiento. Bien decía el Profesor Plinio Corrêa de Oliveira que: “Hubo entonces la conocida lucha entre los ángeles que practicaban milagros por orden del altísimo, y los demonios que, a través de los magos egipcios, imitaban los prodigios de Moisés”.

Comienza el enfrentamiento con el faraón que le pide a Moisés haga algún portento. Aarón lanza su cayado y se transforma en reptil. Vienen los magos y encantadores de Egipto y hacen lo mismo con sus sortilegios. Pero el cayado de Aarón devoró los cayados de ellos. “Sin embargo, el corazón del Faraón se obstinó y, no les escuchó” (Ex 7, 13).

Misión nada fácil. El Faraón no concede el permiso para marchar al desierto, “se ha obstinado en no dejar salir al pueblo” (Ex 7, 14). No quedaba otra opción que la fuerza de los milagros. Nueve plagas se abaten sobre el país de Egipto. El agua del Nilo se torna en color sangre muriendo los peces, ranas invaden lecho real, mosquitos hacen la vida imposible, epidemia mata ganado, los hombres se cubren de tumores, granizo destroza los campos, devastan los cultivos, tinieblas sumen el país de terror. Todas plagas ejecutadas por la mano taumatúrgica de Moisés. Después de cada una, el Faraón promete, lleno de pavor, dejarlos marchar, pero al poco, cambia de parecer, no cumple su palabra – después de haber obtenido de Moisés que fuesen anulados los efectos del cayado – y se lo impide.

Al fin de la novena plaga el Faraón los despide con una negativa absoluta. Ante tal resistencia Moisés le comunica de parte de Yahvé un gravísimo castigo, la décima plaga, considerada, la más terrible y misteriosa. Yahvé dijo a Moisés: “Sólo una plaga más voy a hacer venir sobre el Faraón y sobre Egipto, y después de ella no sólo os dejará, sino que os echará de aquí”, “en medio de la noche pasaré por la tierra de Egipto, y morirá todo primogénito” (Ex 11, 1-5). Desde el del Faraón hasta el de la esclava, y todos los del ganado. Llantos de luto en las huestes egipcias; entre los israelíes silencio, no habrá lamento de hombres ni de animales. La matanza fue tan drástica que los egipcios se postraron ante Moisés para que se fuera.

Ante esta, el Faraón se considera vencido y concede la libertad, la “pasada” o “pascua”, al pueblo de Moisés.

 

Preparación del éxodo: institución de la Pascua, muerte de los primogénitos

 “Ha nacido la Pascua, la ‘fiesta del paso’; Israel la conmemora todos los años, fue la noche en que el poder de la muerte ‘pasó por encima’ y obligó a la fuerza bruta a someterse a Dios”.

Esta noche los hebreos la pasaron en pie, ceñidos los lomos, con bastón de viaje en mano. Comieron de prisa el cordero que había sido ordenado a cada familia que inmolasen, con panes ácimos pues la masa no había podido fermentar, y hierbas amargas. Todos listos para partir a la primera señal. La Pascua era la fiesta de las primicias de los rebaños que ofrecían los pastores, es más antigua que el éxodo, pero, aquí está el origen de la pascua judía celebrada anualmente en memoria de la salida de Egipto, la fecha de la liberación de Israel, que explicarán a sus hijos de generación en generación.

 

Era el fin de cuatrocientos treinta años de presencia en Egipto, era la preparación para el éxodo. Fue así, que, “convocó Moisés a todos los ancianos de Israel”, dándoles las prescripciones para la celebración. Mandó el Señor también que tomaran la sangre del cordero y untaran los postes y el dintel de sus casas. “La sangre será vuestra señal”, “cuando Yo vea la sangre, pasaré de largo sobre vosotros” (Ex 12, 13).

 

“En medio de la noche mató Yahvé a todos los primogénitos de la tierra de Egipto” (Ex 12, 29), hasta el primogénito del preso y de los animales. Mientras los hebreos celebraban su pascua, el azote de Yahvé se descargaba sobre los egipcios. El faraón no tuvo otra alternativa que decirles “id, salid, idos, dejadme”. El libro de la Sabiduría nos relata cómo Dios desciende de los cielos y, como aguda espada, siembra la muerte en Egipto (Sb 18, 16).

 

 Salida triunfante, Moisés comienza a enfrentar las resistencias de su propio pueblo

 Antes del amanecer, el pueblo se puso en camino, todas las columnas se unieron a Moisés y Aarón conformando una gigantesca multitud de “unos seiscientos mil hombres, sin contar los niños” (Ex 12, 37). Plinio Corrêa de Oliveira exclamaba, en una de sus tantas conferencias: “¡Qué escena majestuosa!, los judíos quedaron despiertos la noche entera y los egipcios humillados, aplastados por el poder sobrenatural, dejaron salir de madrugada a esos hombres que para ellos eran animales de carga”.

En el camino, desde Egipto hasta el Sinaí, Dios no los llevó por el camino más corto; estaba en sus planes una larga peregrinación por el desierto, a fin de que Israel se consolidase como pueblo de Yahvé; iba delante de ellos, de día en una columna de humo para marcarles el camino y una columna de fuego de noche para alumbrarles” (Ex 13, 21).

El Faraón se arrepintió lanzándose detrás de ellos, “¿qué hemos hecho que hemos dejado salir a Israel de nuestro servicio?” (Ex. 14, 5). Gran temor entró en los hijos de Israel. Moisés comienza a enfrentar las resistencias de su propio pueblo. “¿Es que no había sepulcros en Egipto que nos has traído al desierto para hacernos morir?, ¿no te decíamos nosotros en Egipto: que mejor nos es servir a los egipcios que morir en el desierto?” (Ex. 14, 11-12).

“Tales reacciones serán frecuentes durante el éxodo; aquel conglomerado estaba siempre dispuesto a sublevarse. Mas el conductor permanece impasible. “¡No temáis!¡Dios peleará por vosotros!”.

Eran críticas durísimas; Moisés, confiado en el buen éxito, con mansedumbre ante tan seria dificultad -otro aspecto del “río chino” que continuaba a recorrer- les responde: “no temáis, veréis la salvación que Yahvé va a obrar en favor vuestro” (Ex.14, 13). Les promete que, ¡Yahvé combatirá por ellos sin que tengan que hacer nada!, “estaos tranquilos”.

 

El paso del Mar Rojo, la derrota de los egipcios, el canto triunfal

 Los egipcios se lanzaron en persecución y los alcanzaron cuando estaban acampados junto al mar. Gran temor y rebeldía contra Moisés. Yahvé le dijo: “alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo para que los hijos de Israel entren en medio del mar como en tierra seca” (Ex 14, 16). Moisés -que no hizo ningún milagro sin “alzar” su cayado como el Señor le decía- extendió su mano, las aguas se dividieron. Los egipcios los persiguieron, entraron tras ellos en medio del mar. Moisés, por orden de Yahvé, extiende nuevamente su mano sobre el mar, y este volvió a su normalidad. “Yahvé desbarató al ejército egipcio. Atascó las ruedas de los carros de combate”, el mar cubrió a los egipcios que, llenos de espanto, reaccionaron diciendo: “huyamos ante Israel, porque Yahvé combate a su favor y contra Egipto” (Ex 14, 25).

¡Y, realmente, así estaba ocurriendo! No escapó ni uno de ellos, mientras que los hijos de Israel pasaron por tierra seca.

San Pablo, a los Corintios, les habla del bautismo de Israel en el paso del Mar Rojo, figura del bautismo cristiano y de nuestra incorporación a Cristo, libertador nuestro: “todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar” (1 Cor 10, 1-2).

Así, aquel día, salvó Yahvé a Israel de la mano de los egipcios, “temió el pueblo a Yahvé; creyeron en Yahvé y en Moisés, su siervo” (Ex 14, 31). Eran momentos del canto triunfal: “Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron al Señor: quiero cantar al Señor, vencedor excelso: caballos y caballeros al mar ha precipitado.  El Señor es mi fuerza y mi vigor, Él me ha salvado” (Ex 15, 1-2). Es el primer gran himno que aparece en la Biblia que canta el poder del Señor que doblega al enemigo.

 

En el desierto … milagro tras milagro

 Ante un pueblo de dura cerviz, se fueron multiplicando los milagros por la mano de Moisés. Apenas surgían contrariedades querían volverse a Egipto a la esclavitud que tanto pidieron a Dios que los librara. Eran testarudos en su egoísmo materialista. Salidos del Mar Rojo, era fácil, en la alegría del triunfo, aclamar a quien los conducía, y por ende a Yahvé. Bien comenta Daniel-Rops: “los pueblos se contentan pronto y se desaniman enseguida. Un conductor de hombres no puede contar ni con el agradecimiento ni con la fidelidad”.

Pero Dios, que caminaba a la cabeza de este su pueblo, mantenía su pacto, y realizaba por mano de Moisés, milagro tras milagro, prodigios acomodados a las necesidades en su caminar rumbo a la tierra prometida. “Les tendió una nube como cubierta, y un fuego para alumbrarlos en la noche” (Sal 105. 39).

Entrados en el desierto, que era en concreto una estepa árida y no región de arenas como se podrá imaginar, “la sed y el hambre levantaron contra Moisés nuevos tumultos, que eran calmados por nuevos milagros”.

Los primeros tres días fueron sin hallar agua, entraron en Mará, pero, la que encontraron era … ¡amarga! Yahvé le indica un madero, para que Moisés lo lance al agua, que se tornó por eso, dulce. Es aquí, que Yahvé les revela unos mandatos provisionales para dirigir la vida religiosa y campamental. Era la organización que iba promoviendo Moisés al pueblo caminante en el desierto. “Preceptos religiosos recibidos de la época patriarcal o impuestos ahora por la autoridad del libertador, que obraba y legislaba como lugarteniente de Dios”.

Añoraban la olla de carne y el pan que comían hasta saciarse, y decían a su sufrido conductor: “¿Quién nos hubiera dado morir a manos del Señor en el país de Egipto?” (Ex 16, 3). ¡Querían volver!, por eso sólo unos cuantos pudieron entrar en la tierra prometida. Otra de las pruebas por las que tuvo que pasar el “sacado de las aguas”.

 

“Mira, Yo voy a hacer llover pan del cielo para vosotros”

 La murmuración se tornaba habitual en la boca de los israelitas, no sólo contra Moisés sino también, contra el propio Yahvé; dura situación, gobernar el pueblo en un ambiente de maledicencia e intrigas. El caminar en el desierto era penoso. No sólo la alimentación sino el agua escaseaba. A pesar de tantos prodigios realizados por su carismático conductor, la falta de constancia del pueblo elegido se repetía. “Sin embargo, los profetas consideran esta etapa de la vida nacional en el desierto como, la era ideal, histórica, pues las relaciones entre Yahvé y el pueblo elegido, eran íntimas. Era el tiempo de los desposorios entre Dios e Israel”.

Por eso Dios se apiadó de su pueblo. Maná, codornices, el día de sábado, se entrecruzan en el texto que nos relata el capítulo 16 del Éxodo. Yahvé le dice a Moisés: “voy a hacer llover pan del cielo para vosotros”. Por la tarde enviaría carne, codornices; por la mañana pan, con el cual, quedarán saciados. “Porque Él (Yahvé) ha oído vuestras murmuraciones”, le comunica al pueblo. Y así sucedió, por la mañana “gránulos como la escarcha sobre la tierra” (Ex 16, 14). Era el “maná” –man-hu: ¿qué es esto? (Salmo 77), pues no sabían qué era-, se lo llamó “pan del cielo” por el modo de aparecer, por su origen desconocido para ellos, como que un rocío. “Es el pan que os da Yahvé para alimento” (Ex16, 15). David lo llamará de “pan de los ángeles”.

Reciben normas para su recogida, medida exacta, “según precise para alimentarse” (un ‘ómer’, aproximadamente 3,5 kg.); surge el respeto al día de sábado: “recogeréis seis días y el día séptimo (sábado, palabra que significa descanso, reposo), no lo hallaréis”. Por eso se les indica que deben de recoger doble ración del “maná”, el viernes.

Fue guardada una medida específica indicada por Yahvé, colocada en una vasija, para que “se conserve para vuestros descendientes” (Ex 16, 33). Durante cuarenta años lo comieron hasta llegar a los confines de la tierra prometida.

“A su petición hizo venir las codornices, y los sació con el pan del cielo”, canta el Salmo (105, 40). No les faltó durante todo este peregrinar en el desierto. Jesús verá en él, un símbolo de la Eucaristía (Jn 6,32. 49-50).  

 

Moisés clamó al Señor: “¿qué tengo que hacer con este pueblo?”

Sigue el caminar por el desierto, los incidentes van siendo relatados, detalladamente, en el libro del Éxodo. Ahora se presenta la falta de agua, pocos eran los pozos o fuentes, era el gran problema. Llegados a Rafidim recomienzan los descontentos, Moisés los enfrenta diciéndoles: “¿por qué tentáis a Yahvé?” (Ex 17, 2). Sereno y lleno de confianza, se mostraba “un hombre guiado por Dios para un fin de salud sobrenatural”.

El pueblo, ante esta nueva dificultad, lo querelló exigiéndole agua para beber. Moisés les responde duramente, sin dejar de tener su respuesta un dejo de tristeza ante un pueblo de tan dura cerviz: “¿Por qué os querelláis conmigo?, ¿por qué tentáis a Yahvé?” (Ex 17, 2); pero, seguían con sus murmuraciones. Fue así, que quien llevaba sobre sus hombros gente tan difícil de guiar, clamó a Dios diciendo: “¿Qué tengo que hacer con este pueblo?”

Le es indicado por Yahvé que lleve a los ancianos para que sean testigos de nuevo prodigio: “lleva en tu mano el cayado con que heriste el río, hiere la roca y saldrá agua para que beba el pueblo” (Ex 17, 5-6). Brotó agua y el lugar acabó siendo llamado Masá (tentación, prueba) y Meribá (querella, contienda), el lugar donde los hijos de Israel habían puesto a prueba al Señor. “Hendió la roca y brotaron las aguas, que corrieron como un río por el desierto” (Sal 105, 41).

Tentación y contienda; Masá y Meribá, marcaron el lugar históricamente, a tal punto que diariamente, en el Oficio Divino se reza en la oración invitatoria: “Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón como en Meribá, como en el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba” (Sl 95, 8-9).

No fue el único incidente ocurrido en Rafadim, en la caravana liderada por Moisés. Nuevas dificultades enfrentan. Ahora es el ataque de los amalecitas, población antiquísima que vivía como nómada. Se encontraron con los “intrusos” israelitas -a los que consideraron invasores- y los atacaron por sorpresa. Moisés encarga a Josué la misión de rechazarlos, al mismo tiempo planea el enfrentamiento. Se logra la victoria, pero, “la victoria no fue debida tanto a los esfuerzos de los guerreros de Israel -novatos en la lucha- cuanto a las oraciones de su caudillo Moisés”, pues, como nos dice el Éxodo (17, 12): “cuando Moisés alzaba las manos, vencía Israel”. Fue erigido un altar por la victoria obtenida, su nombre fue “Yahvé es mi estandarte”. Era una nueva prueba de la protección divina por la mano del gran caudillo de Israel. 

(Continuará)

Publicado en Gaudium Press, 17 de abril de 2019.

 

P. Fernando Gioia, EP