El pan de los fuertes

El pan de los fuertes

Por la piedad eucarística que expresa, por su valor testimonial, y por la permanente actualidad del mensaje que trasmite, resulta oportuno transcribir un trecho de una conferencia del Dr. Plinio Correa de Oliveira -fervoroso adorador brasileño y heraldo de la Eucaristía- pronunciada en un Congreso Eucarístico Diocesano en Rio Preto, Brasil, en mayo de 1940. Reconocido líder mariano, el Dr. Plinio era entonces presidente de la Junta Arquidiocesana de la Acción Católica de Sao Paulo y director de O Legionario, órgano oficioso de aquella Arquidiócesis.

En aquel tiempo no lejano, se multiplicaban por el mundo Congresos Eucarísticos nacionales, diocesanos y hasta parroquiales, que movilizaban a millares de fieles con la finalidad de promover el culto al Santísimo Sacramento, eje de la piedad católica. El tema de la ponencia fue “Juventud y la Eucaristía”:

“(…) Muy frecuentemente se oye censurar a la doctrina católica por ser demasiado austera, exigiendo del hombre una fuerza que no posee. No se dan cuenta, los que hacen tales críticas, que están haciendo el más magnífico de los elogios.

Realmente, perjudicado a fondo por las consecuencias del pecado original, el hombre practica con dificultad la mayor parte de las virtudes, y esa dificultad es tan grande, que la voluntad humana sería incapaz de practicar de modo durable la totalidad de los Mandamientos de Dios. En ese sentido, pues, si considerásemos solamente la naturaleza, indudablemente se debería decir que ella es incapaz de alzarse al nivel moral establecido por la Ley de Dios (…)

Por eso Dios da al hombre el auxilio sobrenatural de la gracia, que ilumina su inteligencia y fortalece su voluntad, de manera a tornarlo apto para percibir las verdades necesarias a la salvación y practicar las virtudes (…)

Mas esta gracia, cuya vida maravillosa Dios franquea a los fieles por medio del bautismo; esta gracia inestimable al lado de la cual, según la expresión del Apóstol, todo el oro y la plata del mundo no son sino barro; esta gracia de la cual todos los sacramentos son vehículos seguros y eficaces y que la correspondencia de nuestra voluntad debe valorizar; esta gracia toca el corazón humano con una suavidad toda especial, cuando medita sobre la Sagrada Eucaristía.

A la Sagrada Eucaristía la Iglesia la llama Pan de los Ángeles, Pan de los fuertes, ¡Vino sagrado que engendra Vírgenes! Estas afirmaciones son mucho más que figuras literarias. El Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo son verdaderamente un alimento, y el alma que no beba esa Sangre y no coma ese Cuerpo, no podrá tener la vida de la gracia. Pan de los Ángeles, es la Eucaristía el pan sobrenatural que da a la inteligencia humana aquella limpidez necesaria para discernir todas las verdades que interesan a la salvación. Es Ella que nos preserva del error, nos inmuniza contra la herejía, y hace brotar en nosotros aquel sentido católico, sensus Christi, que el inmortal Pío XI llamaba: el alma del alma cristiana.

Vino que engendra vírgenes; se puede decir que, realmente, donde está la Sangre de Cristo, ahí hay almas vírgenes. Ningún alimento es mejor, ningún medio es más seguro, ningún recurso en más infalible que la Sagrada Eucaristía para despertar en el alma aquellas virtudes delicadísimas de la cual la castidad es como la cúpula y la coronación (…)

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¡Cuántas enseñanzas en estas palabras que son un convite clamoroso a la santidad! Ellas son dirigidas a jóvenes por un joven de 32 años. Hablar a la juventud sobre virginidad y castidad es algo que va dejando de hacerse. Consta que existen honrosas excepciones, pero el enfoque general que se da a la pastoral juvenil en los días actuales, definitivamente ya no es ese; es una evidencia que salta a los ojos. Y así está la juventud y así está el mundo…

Precisamente, la Eucaristía es un tonificante que hace fuertes a los débiles. Sin Ella es imposible practicar la castidad o cualquier otra virtud; en cambio, con la fuerza del Santísimo Sacramento se vence a los clásicos y permanentes enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Este lenguaje pueda sonar arcaico a oídos condicionados por el relativismo reinante, pero seamos sinceros y convengamos: o esto es así, o el proyecto cristiano es una quimera irrealizable.

Nuestra religión católica es austera y exigente, sí, pero nada tiene que ver con los rigores del calvinismo, del jansenismo o de otras sectas o espiritualidades puritanas. El recurso al perdón en el Sacramento de la Confesión y la devoción tierna a la Virgen María, hacen no solo posible, sino deseable y atrayente la práctica de los deberes cristianos. Ahí están los Santos, ejemplos maravillosos del triunfo de la gracia sobre la naturaleza. ¿Sería factible, sin la gracia de Dios, profesar la fe católica en un mundo paganizado y lleno de ocasiones de pecado como el nuestro?

Parece inverosímil, pero la verdad es que resulta más difícil a los jóvenes -a los de hoy y a los de todos los tiempos- enfrentar el desprecio de los compañeros, el miedo de ir contra la corriente, o el temor de la presión social, que ir a la muerte ante las fieras en un Coliseo, o las balas en una guerra.

Niños, jóvenes y mayores; todos deben adorar y nutrirse del Pan de los Fuertes que rejuvenece cualquier etapa de la vida, predisponiéndola para el Cielo. Con la fuerza de la Eucaristía, todo es posible, hasta las cosas más arduas. Lo ha dicho el Apóstol San Pablo con su verbo de espada cortante: “Todo lo puedo en Aquel que me da fuerzas” (Fl 4, 13). Y el propio Jesús Nuestro Señor lo enseñó en el Evangelio, al sentenciar estas palabras tan consoladoras: “Sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5). O sea, dicho de otra manera: Conmigo, ¡con mi Cuerpo y con mi Sangre, podrás hacerlo todo!

 

P. Rafael Ibarguren EP