¿Cómo habrá sido, la figura personal de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Cómo habrá sido,

la figura personal

de Nuestro Señor Jesucristo?

 

 

Desde los primeros tiempos de la era cristiana los hombres bregaban en imaginar cómo habrá sido la figura personal de Nuestro Señor Jesucristo. Su porte, su caminar, su fisonomía, su mirada, su voz.

Lo que se tenía, y también hoy, son meras conjeturas. Incontables son las formas en que ha sido representado Jesús a lo largo de estos veinte siglos de existencia del Cristianismo. Se puede decir que ninguna puede considerarse la original. En aquellos tiempos no era permitido hacer cuadros o esculturas, la ley se lo impedía a los judíos por temor a la idolatría.

Los Evangelios nada nos traen sobre su figura. Todo nos viene a través del arte y de la literatura. Jesús naciendo, Jesús enseñando, Jesús curando, Jesús expulsando demonios, Jesús calmando las aguas, Jesús transfigurado, Jesús flagelado, Jesús en la cruz, Jesús Resucitado, Jesús ascendiendo a los Cielos.

No fueron pocos los videntes que trasmitieron lo que contemplaron. Pero, difícil es describir a quien, dotado de todas las cualidades humanas, era inconcebiblemente bello. Las multitudes iban detrás de Él, su atractivo era avasallador. David lo describe en el Salmo 44 como “el más hermoso de los hijos de los hombres”. Esbelto, bien formado, agradable, sin par.

Estas consideraciones no nos impiden detenernos para imaginar y admirar la figura Divina de Hijo de Dios hecho hombre.

El arte, a través de la historia, lo representó acentuando sea su dulzura, sean en el dolor, sea en sus momentos de oración. Tantas maravillas tiene el Señor Jesús que se hace imposible reconstruir su personalidad.

Vestía como todos sus compatriotas, ajeno a la ostentación pero sin desaliño, nunca sería como la afectación de los fariseos; con su túnica sin costura, sin duda obra de manos de la Santísima Virgen, su Madre. A la cintura una sencilla correa. Su manto adornado en los extremos con borlas como mandaba el Deuteronomio (22, 12) y, en sus pies, unas simples sandalias.

Nos dice el conocido comentarista de los Evangelios Louis Claude Filllion que, “era dotado de un privilegio único: el de ser extraordinariamente santo, extraordinariamente puro, pues el Espíritu Santo mismo lo había formado en el seno de la Virgen”. Otros escritores de la Vida de Jesús afirman, muy especialmente, su parecido con su Santísima Madre.

Son sus sagradas manos las que más los Evangelios nos presentan, si bien que no las describen. Cuando acariciaba a los niños que le presentaban, cuando distribuye el pan, manos que tocan y curan, manos que hacen un látigo al expulsar los vendedores del templo, que paran la tempestad, que lavan los pies de los apóstoles, que levantan el cáliz en la  Última Cena, manos… que acaban clavadas en la cruz.

Conquistaba a las multitudes, que se admiraban de sus palabras como de quien tiene autoridad, porque “todo el pueblo le oía pendiente de sus labios” (Lc 19) pues, “jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Jn 7, 46).Cuando Pedro trata de disuadirle de la Pasión, lo increpa: “apártate de mí Satanás”. Al recriminar la hipocresía farisaica calificándolos de “raza de víboras”. Sus palabras tienen la fuerza de exhortar indicando el camino: “Quien quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame”. O expresan dolor al decir: “¡Jerusalén, Jerusalén!… ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido!”. Ni siquiera en su agonía deja de oír la súplica del ladrón: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Su voz tenía todos los timbres y tonalidades.

Sobre su sagrado rostro es de lo que los Evangelios menos nos relatan. San Agustín confesaba: “ignoramos por completo como era su rostro”.  Mismo teniendo la grandiosa reliquia del Síndome -la Sábana Santa de Turín- en la que se refleja el rostro de Jesús; así como también el Velo de la Verónica –la mujer que enjugó el rostro de Jesús en el camino al Calvario- que se encuentra en el santuario italiano de Manoppello, se hace difícil considerar positivamente cómo era el rostro de Jesús. Tal vez, tanto el Síndome como el Velo hayan marcado las representaciones artísticas, los íconos, de los primeros tiempos del cristianismo.

De la mirada del Salvador tantos momentos nos relatan los evangelios. Cuando vio por primera vez a Simón: “le dijo: tú, te llamarás Cefas” (Jn 1, 42). Cuando miró al joven rico y lo invita a seguirle: “Jesús, fijando su mirada en él, le amó” (Mc 10, 21). Cuando pronunció el Sermón la Montaña: “alzando los ojos a sus discípulos decía: “bienaventurados…” (Lc 6, 20). Cuando iría a curar al hombre de la mano paralizada en día de sábado: “mirándoles con ira (a los fariseos), apenado por la dureza de su corazón” (Mc 3, 5). Cuando Jesús al sentir que alguien lo había tocado “miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho” (Mc 5, 32), pone sus ojos bondadosos sobre la hemorroísa, que acababa de ser curada. Cuando los vendedores que profanaban el templo huyen ante el celo ardiente que chispea de sus ojos y de su boca: no hagáis de la casa de mi Padre “una cueva de bandidos” (Mc 11, 15).

Eran miradas de bondad, de misericordia, tristes, dulces, de santa cólera como ocurriera en la expulsión de los mercaderes del templo. Memorable fue cuando Jesús se cruzó con San Pedro después de haberle negado, lo miró y San Pedro comenzó a llorar de arrepentimiento, mirada que expresara más que unas palabras de perdón. Más célebre fue, sin duda, cuando cruzó su mirada con la de su Santísima Madre en el camino del Calvario.

Forzoso es renunciar a la semejante dicha de tener al menos un retrato auténtico de Jesús. Sólo en el Cielo nos será dado ver a Jesús cara a cara y conocer sus sagrados rasgos, y su personalidad por entero. Pues ni los Evangelios, ni los demás libros del Nuevo Testamento, ni los escritores eclesiásticos más antiguos –concluye el escritor Fillion– nos han transmitido noticias ciertas sobre éste particular.

 

La Prensa Gráfica, 15 de marzo de 2016.

 

 

P. Fernando Gioia, EP

Heraldos del Evangelio